Cada vez bebíamos menos en casa… hasta ahora
El consumo de alcohol en los hogares españoles se había reducido a la mitad en cincuenta años, pero nadie sabe el efecto que tendrá la pandemia en esta tendencia

 

Cada vez bebíamos menos en casa... hasta ahora
ILUSTRACIÓN: ADRIÁN ASTORGANO
Carlos Benito
CARLOS BENITO   

El confinamiento, que nos ha permitido conocer mejor algunos recovecos de nuestra forma de vivir, trajo al primer plano una división social de la que no siempre hemos sido muy conscientes: hay gente que bebe habitualmente en casa y gente que no lo hace jamás. Y con beber, aquí, nos referimos a ese sentido específico que recoge la RAE en la tercera acepción de la palabra, es decir, el de ingerir bebidas alcohólicas, un espectro que abarca desde la cerveza fresquita hasta la absenta decadente y temible. El enclaustramiento forzoso, con los bares inaccesibles (y, de hecho, cerrados), nos hizo agudamente conscientes de esa frontera, que se volvió más permeable de lo habitual. Por supuesto, hubo quienes siguieron sin catar el alcohol en su reclusión y se sumaron temporalmente a ese 30% de abstemios que dicen que hay en España, pero tampoco faltaron quienes prefirieron trasladar a su cuarto de estar el ‘consumo social’ que antes hacían en locales hosteleros. Ahora, aunque los bares hayan vuelto a abrir, la combinación de miedo a los espacios cerrados y de pereza ante las precauciones que rodean el alterne hace que esa costumbre se mantenga en algunos hogares.

Nadie sabe cuánto durará (en realidad, ahora mismo nadie parece saber nada sobre el futuro), pero esta situación actual supone un cambio de tendencia en nuestro país, ya que el consumo de alcohol en los hogares había experimentado una reducción gradual y muy notable en el último medio siglo. Un estudio de 2016 de la Fundación Española de la Nutrición comparó las estadísticas de compra familiar en lo referente a este epígrafe concreto, con resultados muy llamativos: en 1964, el consumo de alcohol per cápita en los hogares españoles duplicaba el de 2014. En cambio, en ese mismo periodo, la ingesta doméstica de bebidas no alcohólicas (y eso, sin contar el agua del grifo) se ha multiplicado por siete. Los propios autores del estudio nos recuerdan que, en este tiempo, «España ha experimentado un dramático cambio social y socioeconómico, incluido un rápido proceso de urbanización y un éxodo rural masivo».

Hay dos estereotipos sobre el consumo de alcohol en Europa que, con sus inevitables desviaciones, se cumplen en términos generales. Uno afirma que en el norte se bebe más, y las estadísticas lo confirman a grandes rasgos: los que mayor parte de su presupuesto destinan a alcohol son los ciudadanos de los países bálticos (con el 5,6% de Estonia al frente) y los que menos, los mediterráneos (el 0,8% en España y el 0,9% en Italia y Francia). El otro cliché, tan vinculado a la meteorología, presenta a los septentrionales como bebedores de puertas adentro, mientras los meridionales prefieren pimplar en la calle y de bar en bar. De nuevo, las bases de datos europeas asienten: el 40% de los finlandeses beben en casa fuera de las comidas, mientras que solo lo hacen el 5% de los italianos o los franceses. España es el país con mayor frecuencia de consumo en locales hosteleros.

 

Porrón y mueble-bar

 

En lo referente al alcohol en los hogares, la evolución descendente que ha registrado nuestro país durante las últimas décadas está muy ligada a ese ‘beber en las comidas’, con vertientes como la reducción en el consumo de vino o el hecho de que cada vez más gente no vuelve a casa a mediodía. Toni Massanés, director general de la Fundación Alícia (un centro de investigación catalán cuyo nombre funde Alimentación y Ciencia), encuentra un bonito símbolo para reflejar el cambio de costumbres: «En algunas zonas de España, el porrón estaba en todas las mesas de todas las casas, mientras que en las generaciones siguientes ha pasado a ser algo residual, cosa del abuelo. También es verdad que iba mucho por géneros, ya que el porrón solía ser para el señor, el paterfamilias. Y eso que siempre tuvo una cosa muy buena: la higiene», apunta. En muchas familias de este país hay personas, sobre todo hombres mayores, a las que jamás hemos visto beberse un vaso de agua, ni siquiera por error, aunque llevemos toda la vida comiendo en la misma mesa.

El consumo de vino en España alcanzó su pico a mediados de los 70, según la UE, y el de licores hizo lo propio unos pocos años más tarde, a principios de los 80. Porque aquella era, también, la época de esplendor de otro símbolo, el mueble-bar: «Fue una pieza icónica en los salones durante los años 60 y 70, cuando ocupaba un lugar destacado en la habitación y era de mayores dimensiones que hoy en día», apuntan en la Asociación Nacional de Industriales y Exportadores de Muebles. Es cierto que en algunas casas le daban mucho uso, sobre todo con la copa de brandi después del café, mientras que en otras las botellas se perpetuaban hasta acabar convirtiéndose en reliquias de museo, si exceptuamos quizá la de anís para rosquillas.

En la actualidad, el vino solo supone el 18% del alcohol que consumimos los españoles, frente al 54% de la cerveza. «La tenemos desde la Edad del Hierro, pero el crecimiento ha sido de los últimos cincuenta años», comenta Massanés. En Francia e Italia, nuestros espejos habituales, no se ha producido ese vuelco: los vecinos del norte prácticamente invierten nuestras cifras, ya que toman el 59% del alcohol en forma de vino y el 18%, en cerveza, mientras que los italianos andan en el 64 y el 25%, respectivamente. De manera paralela a la popularidad de esta bebida con menos graduación, se ha ido reduciendo nuestra ingesta etílica en general, que hace treinta años era de quince litros anuales de alcohol puro por cabeza y ahora ronda los diez. Esa saludable tendencia se manifiesta de manera particularmente visible en las casas, ya que el vino es el único alcohol de predominio doméstico: nos bebemos en casa el 25% de la cerveza que consumimos, el 20% de los destilados y el 53% del vino.

 

¿Botellón con los padres?

 

En todo esto, como en tantas otras cosas, la pandemia se ha cruzado en el curso natural de los acontecimientos. Durante el confinamiento, el 9% de los españoles admitieron que estaban bebiendo más alcohol, una cifra que en países como el Reino Unido se eleva hasta el 12%, pero aún no está claro su efecto en la tabla de consumo global. En los próximos meses y años, proliferarán los estudios acerca de lo ocurrido estos meses, un banco de datos fascinante para muchas disciplinas, pero de momento tenemos que guiarnos por la observación y el sentido común para atisbar las tendencias. «Evidentemente, se ha producido un cambio de espacios de consumo. Lo que antes se hacía en los bares, en las calles y en los botellones, durante el confinamiento se ha hecho en las casas. Pero yo no tengo claro que el consumo de alcohol haya aumentado: por ejemplo, me resulta un poco extraño que jóvenes acostumbrados a hacer botellón durante los fines de semana lo siguieran haciendo en casa de sus padres», puntualiza el sociólogo Luis Navarro Ardoy, de la Universidad Pablo de Olavide.

¿El consumo en las casas se mantendrá en el tiempo, si es que esta pesadilla termina? Es otra incógnita, pero Massanés destaca que las cosas siguen cambiando ahora mismo y que eso de la ‘nueva normalidad’ no era un bautismo tan disparatado: «Cuando no pudimos ir a los bares, algunas cosas, como el aperitivo, las trasladamos a casa. Pero, contra lo que podría ser una visión economicista, de ahorro, muchos vinos de gama alta solo nos los tomábamos en los restaurantes: con el confinamiento, hubo bodegas que dejaron de vender. Además, queríamos ir a pocas tiendas y lo comprábamos todo en el súper. Es ahora cuando se están reordenando las cosas. Por ejemplo, ha aumentado el consumo en casa de comida ‘étnica’, porque queremos en nuestros hogares el sushi que antes comíamos en el restaurante. No pasó al principio, sino ahora, cuando estamos adaptándonos, y creo que va a ocurrir lo mismo con el vino de alta gama: la gente va a querer vivir mejor en casa. Si hubiese un final tajante y definitivo para todo esto, nos volveríamos locos yendo a los bares, pero no parece que vaya a ser así».

 

Antes los gallegos, ahora los murcianos

 

El consumo de alcohol es objeto de incontables estudios y análisis estadísticos, pero las distintas fuentes no siempre coinciden. Los sondeos, en especial, suelen presentar resultados muy dispares: no solo porque algunas personas no son del todo sinceras al confesar sus hábitos, sino también porque, en este terreno, no es difícil estar desencaminado uno mismo acerca de lo que acaba bebiendo a lo largo de la semana. El estudio de la Fundación Española de la Nutrición sobre consumo de alcohol en los hogares se basa en las compras realizadas por las familias, así que no parece sujeto a engaños y autoengaños, y refleja unas grandes disparidades por regiones. A principios de los 80, la comunidad donde más se bebía en los hogares era, con mucha diferencia, Galicia, que prácticamente doblaba los niveles per cápita de las siguientes comunidades, mientras que la ingesta doméstica más moderada se daba en Canarias. En nuestros días, en cambio, las cifras más altas se registran en Murcia y las más bajas, en Cantabria.

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