viernes, 7 de febrero de 2020

Ramiro Pinilla y la guía secreta del txikiteo




El escritor getxotarra publicó en 1975 una guía de Bizkaia, quizás no tan secreta pero sí censurada, con recomendaciones gastronómicas y reflexiones sobre el chiquiteo
ANA VEGA PÉREZ DE ARLUCEA  Viernes, 7 febrero 2020

«Estando ya impresa y encuadernada la totalidad de la primera edición de esta Guía Secreta, las recientes modificaciones legales decretadas han hecho que la editorial, por su parte, considerase oportuno retirar las páginas 131 a 134 y y 183 a 188». Este curioso texto impreso en una cuartilla de papel de seda fue, en parte, lo que me hizo comprar en su día el libro del que les hablo hoy. Eso y que en la portada de la 'Guía secreta de Vizcayaaparecía como autor Ramiro Pinilla (1923-2014), uno de mis novelistas preferidos y seguramente también el de muchos de ustedes.



'Verdes valles, colinas rojas' me fascinó y ayudó mucho, en su momento, a visualizar y entender mejor la historia de Bilbao, así que una guía turístico-cultural escrita por el señor Pinilla algo tenía que tener de especial. No me equivoqué. El libro, publicado a principios del otoño de 1975, resultó ser un magnífico cicerone por los usos y costumbres vizcaínos además de contener el intrigante misterio de las páginas censuradas

Evidentemente el asunto está relacionado con que entonces Franco y su régimen aún estaban vivos, pero no sé qué temas tan polémicos o censurables pudo tratar Pinilla en los capítulos sobre Abando o las minas de Gallarta -ésos son los pasajes mutilados-, sobre todo teniendo en cuenta que el libro contiene íntegra una sección titulada 'Los Reyes Católicos y las putas'.

Si saben ustedes algo acerca del particular, les estaré eternamente agradecida porque es algo que me descoloca desde hace eones, pero en fin, lo que les he venido a contar hoy es que aparte de rutas, apuntes históricos y anécdotas jugosas la 'Guía secreta de Vizcaya' habla mucho y bien de temas culinarios.


El ritual chiquitero


No sé si Ramiro Pinilla conocía de antemano la oferta hostelera de la provincia o si hizo un esfuerzo ímprobo para convertirse en un experto, pero su guía acabó repleta de sugerencias gastronómicas

En ella aparecen mencionados la mayoría de restaurantes de la época, templos del gusto ahora olvidados como el Artagan de Begoña, el Lasa, el Aloha, el Machinventa, el Colavidas, el Ducale… ¿Se acuerdan ustedes de ellos? ¿Fueron jóvenes en los 60 o 70? Entonces les resultará fascinante recorrer con el novelista las calles del Casco Viejo bilbaíno mientras va desgranando la lista de bares de cada cantón: Lequerica, Berango, La Zornozana, Seve y Vicente, el Ebro, la taberna de Paloca, El Bocho, Everest…

Entonces el vaso de vino costaba 2 o 3 pesetas, a lo sumo, y los chiquiteros aún eran de txapela calada y canciones en cada mostrador. Tal y como cuenta la guía las cuadrillas comenzaban su recorrido por los bares de Barrenkale, en tabernas modestas como Los Chatos o el Riau, y luego seguían el peregrinaje etílico por Barrenkale Barrena (con paradas obligatorias en el Saibigain, Kirku o Bizkaya) para después dirigirse hacia la Plaza Nueva e Iturribide o en dirección a la ría y Atxuri.

Pinilla dedicó en su guía secreta un capítulo entero a la idiosincrasia chiquitera y al templado ejército de hombres que en torno a las siete de la tarde, cuando cerraban los comercios, salía a la calle para cumplir un riguroso itinerario. «En esta hora sagrada los hombres olvidan las amarguras del día y se abandonan al ejercicio de la plática remojada. Nunca hay riñas, pocas veces se oyen palabras de guerra, excepto si el Athletic ha perdido por un penalty concedido al Real Madrid. 

Sobre los mostradores, oscuros y empapados de vino rojo, se ven hileras de vasos especiales de grueso cristal, chatos y de culo macizo y tan alto que alcanza el ecuador del vaso. Son los emblemas de la vieja guardia, que están siendo sustituidos por el vaso corriente, el cual al lado de aquel resulta afeminado».


Adiós al mazacote de cristal


Fue ésta la última época del tradicional vaso de txikito. Aquel mazacote de cristal, que como cuenta el escritor era parte aparentemente indisoluble del poteo, comenzaría a desaparecer a finales de los 70 para no volver más que como souvenir. «El tabernero echa un vistazo a la cuadrilla que entra y para cuando ésta llega al mostrador ya tiene delante el número exacto de potes, llenados de una pasada corrida y hasta la mitad. El vino en estos potes tiene un sabor distinto, un sabor para machos. Cuando se vayan del todo estos vasos neolíticos algunos dirán que ya no había hombres para catarlos».

45 años después sigue habiendo hombres pero no vasos de medio kilo de peso. El poteo ha cambiado, las cuadrillas son mixtas y ahora importa más lo que se come que lo que se bebe. Para bien o para mal aquel Bilbao de Pinilla con charcos de barro y empedrado suelto ha quedado atrás y dentro de unos años nadie cantará bilbainadas con un vino en la mano. Quizás seremos más sanos y más modernos, aunque como decía don Ramiro «las cuadrillas de chiquiteros son muchas pero componen una sola cosa. Si alguna vez la Villa tuvo un alma, ellas encarnan su último vestigio». Tendremos que buscar una nueva.




















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